ENTRE EL SIMBOLO Y EL RITO

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Fecha: 2013-03-02 01:40:08
ENTRE EL SIMBOLO Y EL RITO

por el Q:. H:. Salomón Verhelst Montenegro
Colombia
Uno de los aspectos que llama más la atención de la masonería al neófito es su
carácter simbólico y ritual.

Según Christian Jacq, citando a Pierre Mariel, «Elsímbolo es la esencia misma, la razón de ser de la masonería.

Lo visible es el reflejo de lo invisible.

Ahora bien, nosotros, los masones, nos expresamos por
símbolos no para distinguirnos de los demás seres humanos sino, simplemente, por
una necesidad inherente a cualquier conocimiento verdadero.

El objetivo de los símbolos no debe ocultarse.

Su objetivo es seleccionar a quienes, integrándolos, se muestran dignos de la Verdad».

Adonde dirija la mirada el aprendiz se encuentra siempre un símbolo: pareciese que todo objeto fuere simbólico: desde las diversas imágenes que adornan la logia y su disposición en el espacio, hasta la logia misma; asimismo, cada acción para el aprendiz masón se revela como cifrada: dentro de lalogia (quizá cuando alcancemos nuestra mayoría de edad fuera) todo acto obedecea una regla, a un procedimiento, a una costumbre, a un acto establecido desde
antaño y que es menester aprender: así se aprende de nuevo a caminar, a hablar,
a escribir, etc., es decir, todo hacer obedece a un rito.


Este carácter bifronte de la masonería hace que el novicio asuma una nueva actitud
frente a la realidad y frente a sus actos. Esta actitud no debe ser tomada a la
ligera, pues exige un gran esfuerzo por parte del sujeto iniciado y sea, quizá, el
punto de quiebre entre el profano y el hijo de la viuda. Yo he querido llamar esta
nueva actitud en mí Hermenéutica. Aquí sólo me refiero al hábito hermenéutico y no
a la racionalización de esta disposición humana, ya sea como técnica o arte, ya sea
como ciencia.

Entiendo por actitud hermenéutica aquella disposición del alma por la cual
queremos interpretar un significado que se nos oculta y pretendemos develar.

Esta actitud interpretativa no es un simple intento de explicar o declarar un significado
meramente humano, cosa que hace, sino también una mediación entre lo sagrado y
lo humano.

Desacralizar dicha disposición sería restarle toda su importancia.

Esta actitud puede convertirse en un habito cotidiano, relativo a nuestro comercio diario
con los signos o en un hábito que trasciende lo humano y nos revela lo sagrado:
cada hombre, y principalmente cada masón, puede ser, como dice Platón de los
Rapsodas, deorum interpres


Ahora bien, qué interpreta el que quiere interpretar.
A esta pregunta retórica respondemos: el que quiere interpretar, interpreta un significado cuyo vestigio es un signo que lo significa.
En otras palabras quiere, sobre todo quiere, interpretar el significado y todo significado es algo señalado, indicado, enseñado, representado por un signo.

Nos encontramos, pues, con tres elementos: por un lado el signo y su
significación, significar es la virtud del signo, por otro el significado y, como
mediando entre los dos, el intérprete y su interpretación, interpretar es la virtud del
intérprete. Acotemos un poco los elementos de la relación.

Siguiendo a Agustín afirmamos que los signos son aquellas cosas que sirven para
significar algo (“res eas quae ad significandum aliquid adhibentur”), es decir, todo
signo es una cosa, porque lo que no es cosa no es nada (“Quamobrem omne
signum etiam res aliqua est; quod enim nulla res est, omnino nihil est”), pero es un
tipo especial de cosa, una cosa que tiene la posibilidad de indicar, apuntar a otras
cosas.

Los signos pueden ser Naturales o Convencionales: son naturales todos
aquellos que significan sin querer significar, sin tener el deseo o la voluntad de
significar, como la presencia de humo significa que hay fuego o un nubarrón,
significa que va a llover, o la salida del sol, el amanecer; son convencionales los
instituidos por dios o por los hombres para comunicarse entre sí o entre el hombre y
la divinidad.

Dentro de los signos convencionales encontramos diferentes tipos
según afecten uno u otro sentido, a saber, hay signos auditivos, visuales, olfativos y
en menor medida táctil y gustativa; o según su manera de significar, pueden ser
deícticos, analógicos entre otros.

El símbolo es una representación, principalmente visual, analógica, es decir que es
proporcional a la cosa significada, pero que no es la cosa significada, sino su
huella, la sombra de una luz infinita, la imagen especular de una realidad más
amable.

Como hemos dicho ya sobre los signos y la actitud hermenéutica, también
los símbolos pueden ser cotidianos, por ejemplo el símbolo que representa peligro
de deslizamiento en una carretera o el símbolo que representa la prohibición de
fumar; o extraordinarios cuando nos invitan a lo sagrado.

El rito como conjunto de procedimientos externos que organizan una actividad que no es profana, en la medida en que desquicia el cotidiano vivir y nos inserta en una extraña percepción
de lo extraordinario, de lo sagrado, es el símbolo de la acción sagrada; así todo rito
es un símbolo, aunque no todo símbolo es un rito.

(Para nosotros masones reviste principal importancia el símbolo, porque es un
medio privilegiado de enseñar discretamente el secreto masónico, en la medida en
que reduce las mediaciones para alcanzar el objeto simbolizado y sólo puede ser
interpretado por aquel que tenga el deseo de interpretar. Como dice Jacq: “El gran
secreto de la masonería, que no puede ser traicionado por nadie, es el del
significado profundo de sus símbolos. El caballero Ramsay lo afirmaba aun en el
siglo XVIII «Tenemos secretos, son signos figurativos y palabras sagradas, que
componen un lenguaje mudo a veces, muy elocuente otras, para comunicarlo a la
mayor distancia y para reconocer a nuestros colegas, sean de la lengua que sean».
La francmasonería moderna ha sabido conservar, pues, la riqueza esencial de las
sociedades iniciáticas de la Edad Media, a saber, el mundo simbólico que permite,
efectivamente, a algunos hermanos llegar más allá de la expresión racional, de la
raza, de la cultura y del conjunto de los condicionamientos humanos”).

El otro elemento: lo significado es el fin de todo signo y de toda interpretación.

Puede ser real o imaginario; sagrado o profano; superficial o profundo; etc; podrían
enumerarse más diadas, pero estas me parecen suficientes para mostrar mi punto
de vista.

Lo significado real, sagrado y profundo es quizá la meta de toda
interpretación entendida como mediación entre lo divino y humano, que es la meta
de todo buen masón.

Como lo significado es lo oculto que se revela es una formade la verdad, todo significado revelado es una verdad.
Así esta actitud interpretativa no es más que una forma del deseo de verdad, se puede decir que el aprendiz desea conocer la verdad, interpretar el significado real, sagrado, profundo oculto enlos símbolos.
Es importante resaltar que lo significado sólo tiene valor en la medida
en que se encuentra cabe el signo y allende o aquende el intérprete y que cualquier
intento de clasificación juega constantemente con la tensión entre los elementos de
la relación.

Una particularidad interesante del significado es que se muestra por niveles, es
decir, que no se dona de manera absoluta a través del signo, sino que requiere un
esfuerzo por parte del intérprete para descubrirlo más allá del signo.

Digo más allá del signo porque, si bien éste indica la cosa significada, puede luego ocultarla en la primera presencia que se nos da.

El signo sólo indica una parte de lo significado.

Usualmente nos quedamos atrapados en los signos, es necesario abandonar el
signo y apropiarse de lo significado. Por lo tanto como aprendices no debemos
desesperar si lentamente avanzamos en la consecución de la verdad oculta en los
símbolos masónicos.

Dejamos de último al intérprete, como es obvio que en el día a día nos vemos
arrojados a interpretar constantemente, no voy a volver a recalcar la distinción entre
lo ordinario y lo extraordinario.

Como mediador entre el signo y el significado, entre lo humano y lo divino, es la pieza clave de la triada, la llave maestra que abre todas las puertas.

Es él y sólo él el que puede hallar una verdad a través de un signo, él
hace hablar a los signos e interpreta lo divino.

Intentar una clasificación es imposible, sería tanto como clasificar a los hombres.
Sin embargo podemos decir tres cosas: que toda interpretación está sujeta a su querer, que ese querer está determinado tanto de manera interna por sus intereses, como de manera externa
por su historia y situación particular.

Su voluntad de interpretar, sus intereses, su historia, su particular situación determinan cualquier significado revelado.

De ello se deriva: tot caput, tot sententiae, es decir, hay tantos significados como intérpretes y ninguno es más verdadero que otro.
Esto tiene un sentido interesante: la tolerancia como libertad de pensamiento.

El intérprete masón debe ser tolerante con sus hermanos en la búsqueda de la verdad.

Así las cosas, y a modo de conjetura, se puede decir que esta nueva actitud obliga
al hombre de tres años de edad a preguntarse por el significado (VERDAD) de las
dos columnas del templo y las granadas, el delantal masónico, el ojo en el triángulo,
el sol, la luna, la cadena de unión, la escuadra y el compás, etc., con el fin de
descubrir a través y más allá de estos símbolos la verdad que nos ilumine y nos
conduzca de la las sombras a la luz, de la minoría de edad, a la mayoría de edad,
siempre siendo tolerantes con nuestros compañeros de búsqueda.

También nos obliga a preguntarnos por el significado de los ritos.

El verdadero masón entonces, más allá de la forma externa del rito, debe buscar el significado profundo de éste de suerte que se transforme su forma de actuar.
 
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